Álvaro llegó a 103 kilos y dejó de reconocerse: camisetas anchas para esconder la barriga, fotos evitadas y una sensación constante de incomodidad. Intentó cambiar solo, pero la báscula no se movía y pensó que nada funcionaría.
Cuando pidió ayuda, todo empezó a cambiar. Hoy ha perdido más de 10 kilos, ha bajado varias tallas y vuelve a verse bien. Pero lo mejor es lo interno: ha recuperado energía, ganas y motivación.
Aun con una vida a contrarreloj —levantándose a las 5 y llegando a casa a las 8— entrena, camina y cumple. Ya no lo vive como un sacrificio, sino como un impulso.
Hoy Álvaro se viste mejor, se mueve mejor y se siente mejor. Volvió a ser él.